Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, te adoro profundamente y te ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, presente en todos los Sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con que Él mismo es ofendido. Y por los méritos infinitos de su Sagrado Corazón y del Corazón Inmaculado de María te pido la conversión de los pobres pecadores.

“Ten compasión del Corazón de tu Santísima Madre. Está cercado de las espinas que los hombres ingratos le clavan a cada momento, y no hay nadie quien haga un acto de reparación para sacárselas”

viernes, 30 de junio de 2017

DE LA OBEDIENCIA DE MARÍA

La obediencia de María fue mucho más perfecta que la de todos los demás Santos

Por el amor que la Virgen tenía a la virtud de la obediencia, en la Anunciación del Arcángel San Gabriel no quiso darse otro nombre que el de esclava: “He aquí la esclava del Señor” “Sí, esclava –dice Santo Tomás de Villanueva-, porque esta fiel esclava ni con las obras ni con el pensamiento contradijo jamás al Señor, sino que careciendo de voluntad propia obedeció siempre, y en todo vivía sumisa a la voluntad de Dios”. Ella misma declaró que Dios se había complacido en su obediencia cuando dijo: “Ha puesto los ojos en la humildad de su esclava”, porque la humildad de una esclava consiste en estar siempre dispuesta a obedecer. “Con su obediencia –dice San Agustín- reparó la divina Madre el mal que Eva hizo con su desobediencia. La obediencia de María fue mucho más perfecta que la de todos los demás Santos, porque hallándose todos los hombres inclinados al mal por el pecado original, hallen dificultad en obrar bien; “más no sucedió así con la Bienaventurada Virgen María –escribió San Bernardino-, porque hallándose exenta de la culpa, nada había que pudiese impedir amar a Dios, sino que fue como una rueda que se movía veloz a todas las inspiraciones Divinas”, “por lo que no hizo otra cosa en este mundo –como dice el mismo Santo-, sino observar y practicar lo que era del agrado de Dios”. De Ella se dijo: “Mi alma quedó desfallecida al oír la voz de mi amado”. A lo que Ricardo añade que el alma de María era como un metal derretido a tomar todas las formas que Dios quería darle.

En efecto, María manifestó bien cuán pronta se hallaba a obedecer, primeramente cuando para complacer a Dios quiso también obedecer al emperador romano, haciendo aquel viaje tan largo de noventa millas desde Nazaret a Belén, en tiempo de invierno, estando encinta y tan pobre que se vio después obligada a parir en un establo. Así también estuvo pronta al aviso de San José, para ponerse luego en camino en aquella misma noche y emprender otro viaje más largo y penoso a Egipto. Aquí pregunta Silveira: “¿Por qué la revelación de la huida a Egipto se hizo a San José y no a la Bienaventurada Virgen, que debía experimentar más la fatiga del viaje? Y contesta: “Para que le Virgen tuviese ocasión de practicar este acto de obediencia a lo que se hallaba tan dispuesta”. Mas, en lo que principalmente demostró su heroica obediencia a la voluntad de Divina, fue cuando ofreció su Hijo a la muerte con tanta constancia, que, como dijo San Ildefonso, a falta de verdugos, hubiera estado pronta para crucificarle. Así es que sobre las palabras que dijo el Redentor a aquella mujer del Evangelio, cuando exclamó: “Bienaventurado el vientre que te llevó”, y Jesús contestó: “Bienaventurados más bien los que escuchan la palabra de Dios y la practican”, el venerable Beda escribió que María fue más dichosa por la obediencia de la Divina Voluntad que por haber sido Madre del mismo Dios.

Por esto los que practican la obediencia complacen especialmente a la Virgen. Un día se apareció la misma a un religioso franciscano llamado Acorso, en su misma celda; pero, a pesar de esta visita, éste salió de la celda porque le llamó la obediencia para ir a confesar a un enfermo. Habiendo regresado, encontró a María que le estaba esperando y le alabó mucho su obediencia. Al contrario, reprendió mucho a otro religioso porque oyendo tocar al refectorio se detuvo a concluir unas oraciones. Y hablando a Santa Brígida de la seguridad que ofrece obedecer al padre espiritual le dijo: “La obediencia introduce a todos en la gloria”. Así es –decía San Felipe Neri-, porque Dios no pide cuenta de las cosas hechas por obediencia, habiendo Él mismo dicho: “El que os escucha, me escucha a Mí, y el que os desprecia, a Mí me desprecia. Por fin, la misma Madre de Dios reveló también a Santa Brígida que por el mérito de su obediencia había alcanzado del Señor que todos los pecadores arrepentidos que acudiesen a Ella sean perdonados.




¡Ah Reina y Madre nuestra!, rogad a Jesús por nosotros, y alcanzadnos por el mérito de vuestra obediencia el ser fieles en someternos a su voluntad y a los preceptos de nuestros padres espirituales. Amén 


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