Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, te adoro profundamente y te ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, presente en todos los Sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con que Él mismo es ofendido. Y por los méritos infinitos de su Sagrado Corazón y del Corazón Inmaculado de María te pido la conversión de los pobres pecadores.

“Ten compasión del Corazón de tu Santísima Madre. Está cercado de las espinas que los hombres ingratos le clavan a cada momento, y no hay nadie quien haga un acto de reparación para sacárselas”

domingo, 2 de julio de 2017

2 DE JULIO, VISITACIÓN DE NUESTRA MADRE A SU PRIMA SANTA ISABEL

“Al verte, Isabel se queda atónita y exclama: ´¿De dónde a mí tanto honor, que la Madre de mi Dios venga a mí?´ Pero es aún mayor mi asombro al ver que Tú, igual que tú Hijo, has venido no para ser servida, sino para servir… Precisamente por este motivo te trasladas a casa de Isabel” 

“… E Isabel, en voz alta, exclamó: Bendita Tú entre todas las mujeres y benditos el fruto de tu seno. Y ¿de dónde a mí que la Madre de mi Señor venga a mí?” Iluminada interiormente por el Espíritu Santo, Isabel reconoce en su joven prima a la Madre de Dios y, conmovida, prorrumpe en acentos de alabanza y admiración. María no protesta; escucha con sencillez, porque sabe muy bien  que esas palabras de encomio no le conciernen tanto a Ella cuanto al Omnipotente que en Ella ha obrado cosas grandes, y al punto, de su corazón humilladísimo todas las alabanzas de Isabel rebotan a Dios con movimiento espontáneo y rapidísimo: Tú, Isabel, ensalzas a la Madre del Señor –dice la Virgen-, pero “mi alma ensalza al Señor”. Tú afirmas que a mi voz tu hijo ha exultado de alegría en tu seno,  pero “mi espíritu exulta en Dios, mi Salvador…”. Tú proclamas feliz a la que ha creído, pero el motivo de su fe y de su felicidad es la mirada que la bondad divina la ha dirigido, Sí, “todas las generaciones me llamarán bienaventurada, porque Dios ha puesto su mirada en la bajeza de su sierva” (San Bernardo). Esta hermosa paráfrasis del Magníficat nos permite captar al vivo las emociones del espíritu de María: se hunde en la humilde confesión de su propia nada, toca, por así decirlo, el fondo de su bajeza y luego, cuando más bajo ha descendido, se eleva tanto más alto, se eleva a Dios, no temiendo reconocer y alabar las cosas grandes que Él en Ella ha realizado, precisamente porque ve con toda claridad que esto es puro don suyo.

Si frente a tus éxito, a las alabanzas y a al aplauso de las criaturas, si ante las gracias que Dios te concede eres todavía capaz de vana complacencia, es precisamente porque no has tocado aún, como María, el fondo de tu bajeza, no te has hundido bastante en la consideración de tu nada, no te has convencido aun prácticamente de tu radical insuficiencia, impotencia, miseria y debilidad. Pide a María la gracia de introducirte en este conocimiento claro y práctico de tu nada. No te hagas ilusiones; el camino para arriba a esa meta, reservado a ti, que has heredado de Adán el germen del orgullo, es un camino áspero y duro: el camino de las humillaciones. Pero María es Madre; y si Ella te acompaña, con su ayuda se hará todo más fácil y suave.



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